Piensas mucho para escribir una crítica, porque, a diferencia de las reseñas, estas no dejan duda alguna de que se trata de tu subjetiva interpretación. No escribes en tercera persona, sino uno mismo elige bien la bandera que se quiere izar. Haces propia la encomienda al dejarte llevar por lo que acabas de ver o leer, en mi caso, Leaving Neverland, un documental de Dan Reed de 240 minutos (si, cuatro horas) sobre dos hombres rayando en los cuarenta años quienes aseguran haber sido abusados sexualmente por la estrella del pop Michael Jackson cuando apenas tenían 7 y 10 años.

Yo tenía alrededor de 6 años cuando bailaba con un guante blanco de esos que usábamos en las ceremonias de la escuela cada lunes. Crecí con su música como muchos a nivel mundial. Y ahora a tantos años de distancia, de vez en cuando escuchas alguna de sus canciones y la sigues coreando y disfrutando y es un buen recuerdo que te acompaña.

Y luego ves un documental con dos personas que en su infancia al igual que tú y otra millonada amaban a Michael Jackson y cuentan cómo de manera premeditada el rey del pop fue creando una relación de amistad y codependencia para poco a poco abusar de ellos. Eso te deja con una sensación extraña, como de haber sido engañado.

Dan Reed ha hecho documentales como Three days of terror (2016) y series de televisión como The pedophile hunters (2014), ha ganado tres BAFTA y ahora en este documental se enfoca en las declaraciones de James Safechuck que conoció a Jackson siendo un niño actor de comerciales y Wade Robson que imitaba a la estrella del pop y demostró tener talento para el baile, incluso tuvo una carrera como coreógrafo para estrellas como Britney Spears entre otros.

Este documental, considerado ya como el más polémico de la década, más que el hecho de inculpar a Jackson, considero que habla sobre la vulnerabilidad de los niños que entran al medio artístico y también habla de cómo el way of life de los artistas es tan apreciado y deslumbrante que hasta padres ingenuos como los de estos dos chicos, olvidaron que antes de todo, la estrella del pop era un ser humano, con defectos, virtudes, vicios y susceptible a equivocarse, y ante todo, ellos eran unos niños.

La idolatría por las estrellas, sean de cine, música, televisión etc. Nunca es buena y este mismo fenómeno hace que los fans se vuelquen en hordas en redes sociales sobre Reed y sobre todos aquellos que ahora odian a Jackson y ha desatado tal polémica que seguramente ya nadie escuchará la música del creador de thriller sin recordar las declaraciones explícitas de Safechuck y Robson.

El documental no es un juicio ni mucho menos, es un testimonio. Y deja ver mediante una narrativa muy simple pero certera, a través de imágenes, recortes, grabaciones, declaraciones y notas de voz cómo se fue creando una relación de codependencia, enferma y retorcida entre estos niños y Jackson. Muestra como en cualquier relación de codependencia siempre hay abuso y la manera en que siempre uno de los dos ejerce el poder sobre el otro, pero el poder de Jackson en aquella época era enorme, desproporcionado y ellos, eran solo niños.

Aunque el documental no es un juicio, porque Jackson fue declarado inocente de las acusaciones en que se vio envuelto por este tipo de hechos en dos ocasiones, si es de imaginar que al poner en pantalla declaraciones tan explícitas de los contactos sexuales entre los entonces niños y Jackson, se desaten sentimientos en contra del artista, independientemente de que es una realidad planteada por dos personas y es susceptible de ser cierta o falsa.

Creo que al terminar de ver el filme, queda un sentimiento de ira hacia Jackson, pero más hacia los padres, que se vieron ingenuos ante este mundo que es la farándula y que incluso como a los mejores artistas del medio, les ha pasado, no supieron manejar dicha fama, aunque fuera ajena.

Queda claro que, o Jackson era un enfermo mental que vivía queriendo reclamar una niñez que le fue robada (tal vez también a través del abuso), creando un mundo como Neverland para que fueran felices y disfrutaran lo que a él le arrebataron, pero dando un amor enfermo y distorsionado a los niños; O era un maldito pederasta que premeditó tener un medio captador de victimas a través de este lugar que era el sueño de muchos niños en los noventas.

En ambos casos, considero que es algo grotesco, abusivo y detestable. Pero el mundo está lleno de gente enferma o mal intencionada, así que, al igual que en el documental, uno puede plantearse la incógnita sobre si los padres deben ser perdonados o juzgados por sus propios hijos. Y la reflexión sobre cómo la ambición por un estilo de vida y privilegios pueden llevar a cerrar los ojos ante lo evidente.

Sin embargo, Reed ha demostrado que su intención no era lapidar tampoco a las madres de aquellos niños, ya que les da voz y deja que expongan su punto de vista. Incluso las muestra tan vulnerables como a sus hijos. Así como también el desprecio y reclamo de ellos, que significa el precio que han debido pagar por no cumplir su papel de protectores. Y el sentimiento de culpa que les genera, así como seguramente ahora a todas las madres que llevaron hijos con Jackson para dejarlos dormir en Neverland.

Los documentales dan voz a quien no la tiene, a veces a quien no la pide, y en ocasiones como esta, a quien ya no puede callar un secreto. Desde luego es importante la presunción de inocencia para el ya fallecido Michael. Tal vez el tiempo demuestre si el documental expone la realidad de los hechos o no, pero es tarea de cada uno de nosotros, verlo, y reflexionar. La obra musical de Jackson está ahí y no se irá, porque es grandiosa, y considero que no debe ser juzgada. Escucharla o no, después de ver el documental, es una decisión totalmente personal.

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